Si analizamos la economía desde un punto de vista global, estamos viviendo tiempos complejos desde el enfoque macroeconómico. Por un lado tenemos la guerra comercial, que envuelve a dos grandes economías mundiales como China y Estados Unidos y que está afectando a los precios de las mercancías que se mueven entre ambos países. Por otro lado, en América del sur, tenemos a Argentina añadiendo tensiones con la crisis cambiaria y la hiperinflación y en Venezuela disputas políticas y tensiones con el petróleo, asunto que llega hasta Rusia, uno de los socios comerciales de Venezuela. Por último, en Europa, tenemos el Brexit, evento que suma incertidumbre a toda la zona Euro y que está traduciéndose en los primeros momentos del proceso de salida en la pérdida de empleos, el cierre de empresas en el Reino Unido y la devaluación de la libra esterlina. Teniendo en cuenta que los eventos que ocurren en un país suelen tener repercusiones en los países vecinos y sobre todo en los socios comerciales, podemos decir entonces, que hay un cierto nivel de incertidumbre que está generalizado a lo largo de los distintos países del mundo.

Los eventos mundiales que estamos viviendo se están traduciendo en un deterioro económico a nivel global, que se está dejando notar ya en las bolsas internacionales que llevan meses con tendencias bajistas. Si prestamos atención a algunos de los indicadores de los países más avanzados, vemos que los niveles de producción industrial han encontrado un tope y empiezan a caer, el consumo baja, los tipos de interés también o crecen muy moderadamente y el diferencial entre la deuda norteamericana de 2 y 10 años está hoy a niveles del 2007, el mismo nivel que el de la crisis financiera. En definitiva, al leer la prensa de cualquier país, el escenario a corto plazo es pesimista. Se dice a veces, que la economía es cíclica, y todo apunta que el 2019 es la parte bajista del ciclo.

Al analizar todos los eventos que están ocurriendo a lo largo del mundo, se avecina un año 2019 de ajustes. Ajustes que van a actuar como de punto de inflexión en la economía global, y en particular a ambos lados del océano atlántico, ya que en la zona de Asia, las economías siguen su curso definido y sin grandes sobresaltos, a excepción de India y Hong Kong donde se han detectado problemas económicos de índole global. Este punto de inflexión ha de ser gestionado por los líderes mundiales para poner rumbo a los países y a las empresas en la buena dirección. Son muchos los aspectos que afectan a esta recesión: la tecnología, el comercio, la globalización,… estamos en tiempos de necesidad de liderazgo, pero no de liderazgo barato, sino de un liderazgo inteligente y sensato que haga a las empresas y a los países avanzar por la senda adecuada.

De la crisis financiera del 2007 se estima que se tardó unos tres años en recuperar una senda económica positiva. En definitiva, todos estos hechos coyunturales generan un ambiente de incertidumbre que es sin duda negativo para cualquier economía y que puede dar lugar a la creación de pautas estructurales que han de ser bien gestionadas y corregidas a tiempo. El hecho de no saber cómo va a acabar el Brexit, la guerra comercial o el problema de la inmigración del sur de Europa, hace que el escenario sea incierto y que las empresas y los individuos pongan freno a la inversión y al emprendimiento. Es evidente que es mucho más difícil emprender cuando el viento no sopla a favor y que esto frena el progreso económico. Sin embargo, hay quien dice que en las crisis hay oportunidades, no lo niego, pero estoy seguro que en tiempos de crisis e incertidumbre son menos las personas que son capaces de encontrar su negocio y las empresas que pueden encontrar una senda de crecimiento.

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